Lucas 15:1-3, 11b-322017-03-22T04:45:32+00:00

Comentario (Estudio de la Biblia)

Lucas 15:1-3, 11b-32

Por Richard Niell Donovan
Traducción por Ángeles Aller


PASAJE BÍBLICO: Lucas 15:1-3, 11b-32

 

Comentario (Estudio de la Biblia):

LUCAS 15:1-3. LOS FARISEOS Y LOS ESCRIBAS MURMURABAN

1Y se llegaban á él todos los publícanos y pecadores á oírle. 2Y murmuraban los Fariseos y los escribas, diciendo: Este á los pecadores recibe, y con ellos come. 3Y él les propuso esta parábola, diciendo…

 

“Publícanos y pecadores” (v. 1). No se especifica los pecados de los pecadores. Podían ser crímenes o simples faltas a las reglas religiosas. Sin importar los pecados, los fariseos y los escribas guardaban su distancia de los pecadores. Ellos evitaban hacer negocios con los pecadores y mezclarse con ellos socialmente. Cuando Jesús los recibe y come con ellos parece que aprueba su conducta: la mesa de la fraternidad implicaba completa fraternidad. Es esta aceptación de los inaceptables que provoca las murmuraciones.

Pero Jesús va donde hay necesidad. Un doctor que rehúsa tocar a una persona enferma no servirá de mucho. Un poco antes Jesús dice: “Los que están sanos no necesitan médico, sino los que están enfermos. No he venido á llamar justos, sino pecadores á arrepentimiento” (Lucas 5:31-32; y hay que tener en cuenta que Lucas es un médico).

En respuesta a las murmuraciones de los fariseos y escribas, Jesús relata tres parábolas, solamente la tercera de ellas se incluye en el pasaje bíblico de esta semana. Para cuando llegamos al final de esta tercera parábola, es fácil olvidar la murmuración que provocó el relato de estas parábolas. Esto es desafortunado, porque al mero final de ella, el hijo mayor refleja la misma actitud de murmuración de los fariseos y escribas del principio.

LUCAS 15:4-10. LA OVEJA PERDIDA Y LA MONEDA PERDIDA

Estas dos parábolas no están incluidas en el pasaje bíblico de hoy, pero aparecerán en lecturas posteriores durante este año. Es importante, sin embargo, recordar que Lucas registra las parábolas como un grupo de tres: (1) La oveja perdida, (2) la moneda perdida, (3) el hijo perdido. Las primeras dos parábolas se parecen mucho, y están unidas por la palabra “O” (v. 8). La tercera parábola es más compleja, pero lo que tiene en común con las otras dos es:

• Algo importante se ha perdido

• una persona que busca o espera,

• el redescubrimiento de lo que se había perdido, y

• la celebración.

LUCAS 15:11-32. LA TERCERA PARÁBOLA

La gente ama esta parábola porque el perdón del padre de su hijo menor nos reafirma que, no importa cómo hemos pecado, Dios anhelante nos da la bienvenida al hogar. De cierto eso es parte del mensaje, pero Jesús relató esta parábola en respuesta a la murmuración de los fariseos y los escribas. La historia del hijo mayor les habla a ellos, y a nosotros cuando sucumbimos a la auto-rectitud.

Pocas veces oímos la palabra pródigo usada fuera del contexto de esta parábola, y la gente frecuentemente de manera errada asume que significa “malo”. En cambio, pródigo significa generoso, abundante, o derrochador, y la prodigalidad no necesariamente es mala. Dios creó a las especies y recursos pródigamente (abundantemente), y era bueno (Gn. 1:31). Un filántropo puede dar dinero pródigamente (generosamente) para una buena causa. En esta parábola, pródigo toma un tono negativo porque el hijo más joven “desperdició su hacienda viviendo perdidamente” (v. 13), gastó su dinero pródigamente (derrochadoramente).

Algunas personas creen que hay dos parábolas aquí. La primera es sobre el hijo menor y la segunda sobre el hijo mayor. Sin embargo, el centro de la parábola no son los hijos sino el padre, que tiene dos hijos; cada con sus fallas en su propia manera. El padre ama a los dos hijos, y busca restaurar a la familia que se ha roto por (1) la partida del hijo menor de la casa y (2) y el alejamiento del hijo mayor a pesar de estar viviendo en la misma casa. El amor del padre y sus esfuerzos para la reconciliación le dan unidad a la parábola.

LUCAS 15:11-12. PADRE, DAME LA PARTE DE LA HACIENDA QUE ME PERTENECE

11Y dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12Y el menor de ellos dijo á su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me pertenece (griego = bion, que viene de bios): y les repartió la hacienda.

 

“Padre, dame la parte de la hacienda (griego = bion, que viene de bios = vida, subsistencia, posesiones) que me pertenece.” “La palabra usada para ‘herencia’ (bios) también significa ‘vida’, ‘forma de vida’, ‘medios de supervivencia’. Los bienes son lo que sostiene la vida de la familia” (Nolland). Es todo lo que está entre la familia y la pobreza.

Deuteronomio 21:17 especifica que al primer hijo le sea dada una doble porción de la herencia. Así pues, la propiedad del padre debe dividirse entre el número de hijos más uno:

• Si hay dos hijos, la propiedad se debe dividir en tres partes: dos de las cuales (67%) van al hijo mayor y un tercio (33%) va al hijo menor.

• Si hay tres hijos, los bienes deben dividirse en cuatro partes: dos de las cuales (50%) van al hijo mayor y una (25%) a cada uno de los otros dos hijos.

• Si hay diez hijos, la propiedad se debe dividir en once partes: dos de las cuales (18%) van al hijo mayor y una (9%) a cada uno de los otros hijos.

• De alguna manera todos estos porcentajes se deben revisar si hay hijas en la familia, porque parte del dinero debía ponerse aparte para sus dotes (Stein, 405).

Obviamente, el porcentaje que hereda cualquier hijo disminuye por cada hermano o hermana adicional. Sin embargo, en todos los casos, el hijo mayor recibe dos veces más que cualquier otro hijo. En una cultura donde las familias grandes son comunes, la mayor parte de las herencias serían modestas. Sin embargo, en una familia con solamente dos hijos, la herencia del hijo mayor sería bastante grande, e incluso el hijo menor puede contar con heredar un tercio de los bienes de su padre.

La petición del hijo menor es imprudente e irrespetuosa: “algo casi igual a decirle a su padre ‘muérete’” (Van Harn, 407). Típicamente, los hijos reciben su herencia después de la muerte de su padre. Un padre podía decidir repartir parte de o toda su herencia antes de tal manera que se pueda jubilar. Pero en ese caso, la iniciativa debe ser del padre, no del hijo. En el caso de que un hijo reciba su herencia antes de la muerte del padre, se esperaba que se quedara en casa para proveer para sus padres en su ancianidad. Eso es parte de lo que significa “honra á tu padre y á tu madre, porque tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da” (Ex. 20:12).

Recibir una herencia generalmente no implica el derecho de disponer de la herencia como uno quiera. Por ejemplo, vender tierra ancestral y convertirla en dinero en efectivo (Bailey, 164). Sin embargo, en esta parábola, el padre anda una segunda milla, dando al hijo el derecho de vender la propiedad, algo que el hijo hace solamente unos cuantos días después (v. 13) y rompiendo con su hogar tan pronto como fue posible. Tal conducta sería especialmente horrorosa en el Oriente Medio, porque uno deriva su identidad de las relaciones familiares y comunitarias.

Así pues, este hijo menor es culpable de:

• Asumir una iniciativa que solamente le corresponde al padre,

• tratar a su padre como si estuviera muerto,

• ignorar la obligación que tenía para con sus padres en su ancianidad, y

• romper las relaciones familiares cuando se va.

Tal conducta es vergonzosa. Un padre se sentiría avergonzado de haber criado tal hijo. Los vecinos despreciarían al hijo por no respetar a su padre y al padre por hacer lo que el hijo pidió. Ellos le darían gracias a Dios por no tener un hijo como ese.

“Y les repartió (el padre) la hacienda” (v. 12b). La mayoría de los padres reprenderían al hijo menor, pero este padre divide su propiedad entre sus hijos. Esto significa que el hijo mayor recibe su porción más grande y el hijo menor su porción más pequeña. El hijo mayor debería declinar su herencia como una protesta en contra de la conducta del hijo menor y el consentimiento del padre a ello (Bailey, 168), pero no lo hace.

LUCAS 15:13-16. MAS NADIE SE LAS DABA

13Y no muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, partió lejos á una provincia apartada; y allí desperdició su hacienda viviendo perdidamente. 14Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una grande hambre en aquella provincia, y comenzóle á faltar.15Y fue y se llegó á uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió á su hacienda para que apacentase los puercos. 16Y deseaba henchir su vientre de las algarrobas que comían los puercos; mas nadie se las daba.

 

“Y allí desperdició su hacienda viviendo perdidamente” (v. 13). No sabemos lo que había en el corazón del hijo menor cuando pidió la parte de su herencia. Tal vez intentaba disfrutar un poco de una vida disoluta, o tal vez soñaba en lograr grandes cosas por sí mismo. Cualquiera que fuera su intención original, cuando ya no estaba sujeto a la supervisión paterna, él gasta y vive salvajemente. Jesús deja el significado de perdidamente a nuestra imaginación. Después el hijo mayor acusará al menor de gastar sus bienes con prostitutas (v. 30), pero no sabemos si esto es verdad.

El hijo menor está vivo y bien en la actualidad. Todos queremos más libertad. Queremos hacer lo que queremos hacer cuando queremos hacerlo. Nos irritamos con la responsabilidad y resentimos la supervisión. Nos imaginamos que podemos hacerla en grande si tuviéramos con qué sostenernos. Si solamente pudiéramos alejarnos del hogar, si pudiéramos tener un carro nuevo, si pudiéramos tener un mejor trabajo, si no tuviéramos la responsabilidad de una familia, si pudiéramos re-financiar los préstamos… si solamente pudiéramos…. La ironía es que las vidas de los nuevos ricos frecuentemente son muy parecidas a las del hijo menor. Las riquezas rápidas no ennoblecen una vida que es débil en su centro.

“Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una grande hambre en aquella provincia, y comenzóle á faltar” (v. 14). Sería muy difícil exagerar la profundidad de la degradación de este joven. La Toráh dice, “Ni puerco: porque tiene uña hendida, mas no rumia, os será inmundo. De la carne de éstos no comeréis, ni tocaréis sus cuerpos muertos” (Dt. 14:8). Los judíos evitan todo contacto con los cerdos, pero este joven está reducido a servir a los cerdos: poner la mesa, traer su comida, aguantar sus empujones y empellones, soportar sus olores, tolerar sus costumbres, envidiar su estado privilegiado, incluso envidiar su comida de cerdos.

“Y deseaba henchir su vientre de las algarrobas que comían los puercos” (v. 16ª). La perspectiva tradicional es que estas son algarrobas, que, aunque no agradables a la vista, pueden ser comidas por los humanos. Si este es el caso, tal vez el joven no puede obligarse a sí mismo a comerlas o el patrón le ha prohibido hacerlo. Bailey nota que una variedad diferente, la algarroba silvestre, es completamente inapropiada para el consumo humano, y cree que esta es la comida de los cerdos (Bailey, 172-173).

“Mas nadie se las daba” (v. 16b). ¡Nada! ¡Cero! ¡Ni siquiera una propina de veinticinco centavos!

LUCAS 15:17-19. ME LEVANTARÉ E IRÉ A MI PADRE

17Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18Me levantaré, é iré á mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como á uno de tus jornaleros.

 

Joachim Jeremías dice que “El arrepentimiento significa aprender a Decir ‘Abba’ otra vez, poniendo completamente en el Padre celestial, regresar a la casa del Padre y a los brazos del padre” (Culppeper, 302). Sin embargo, la repentina toma de conciencia de este joven está muy lejos de un arrepentimiento completo. Aunque incluso practica un discurso en que admite sus pecados, parece más calculador que arrepentido, parece un intento más en persuadir a su padre que en expiar sus pecados, está más preocupado por sus circunstancias tan difíciles más que por la injuria que le ha hecho a su familia. Este no era un joven atractivo al principio de la historia, y ahora no se ha hecho atractivo repentinamente. Él simplemente recuerda de qué lado su pan tiene mantequilla, y está buscando cerrar un mejor trato.

El padre tiene esclavos (doulos) (vv. 22, 26), pero el hijo, en su discurso practicado, planea pedir que lo reinstalen como un trabajador o trabajador por contrato (misthios) (v. 17, 19). Aunque podemos pensar en un esclavo como más bajo que un trabajador contratado, la teoría prevalente es que un esclavo está en una relación más cercana la familia que el trabajador contratado, es más parte de la familia, y frecuentemente trabaja bajo la supervisión directa de su amo. El trabajador contratado es empleado cuando se necesita, y se le puede dejar ir más fácilmente (Lindeberg, 32). Si esta teoría es verdadera, el hijo más joven está pidiendo regresar al círculo más externo de la constelación familiar.

Bailey propone una alternativa. Él cree que el hijo más joven, como un trabajador contratado, disfrutará de una posición similar a la de un artesano independiente. Una posición igual a la de su padre y hermano (Bailey, 176-177). Si esto es verdad, el hijo menor no solamente le está pidiendo a su padre que lo salve, sino que también le confiera un estado sólido. Esto, sin embargo, parece fuera de carácter para un joven que está desesperado para escapar de su miseria. Su practicado discurso (v. 19) debe persuadir a su padre para que lo acepte otra vez, y cualquier indicación de que es un ardid para ganar otra vez su estatus hará que su padre no lo reciba. Es difícil imaginar al hijo menor tomando tal riesgo, puesto que su padre representa su última esperanza. Esta alternativa también parece fuera de carácter con la despreciable actitud del hijo en los versículos 17-19.

LUCAS 15:20-24. VIÓLO SU PADRE, CORRIÓ, Y LO BESÓ

20Y levantándose, vino á su padre. Y como aun estuviese lejos, viólo su padre, y fué movido á misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle. 21Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.22Mas el padre dijo á sus siervos: Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies. 23Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y hagamos fiesta: 24Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado. Y comenzaron á regocijarse.

 

“Y levantándose, vino á su padre” (v. 20a). Una hambruna se convierte en el instrumento de la salvación del hijo menor. Solamente estando en el fondo es capaz de considerar el regreso a su casa. Dios frecuentemente usa la adversidad para que regresemos a la cordura. En la mayoría de los casos, nosotros provocamos nuestra propia miseria, pero Dios siempre está listo para redimir nuestra miseria. Dios maneja el asunto de hacer de Resurrecciones de nuestros Viernes de crucifixión.

Debemos darle crédito a este jóven por dar el primer paso. Su padre es su última esperanza, así que debe estar demasiado temeroso de que su padre rechace su propuesta. ¿Qué haría si eso sucede? Sería reducido a hacer las rondas de vecinos poco simpatizantes, o tratar de encontrar empleo con otro granjero de cerdos. Imaginen la ansiedad del jóven mientras camina el largo y polvoroso camino a casa. Podemos imaginarlo practicando su pequeño discurso mientras camina, practicando hasta que se le seca la boca. Pero, a pesar de estar tan temeroso, sigue poniendo un pie en frente del otro, mostrando que su esperanza es más fuerte que su miedo.

“Y como aun estuviese lejos, viólo su padre, y fué movido á misericordia, y corrió, y echóse sobre su cuello, y besóle” (v. 20b). No parece coincidencia que el padre lo ve desde lejos. Seguramente ha pasado largas y muchas horas viendo al camino, esperando ver a su hijo. Podemos imaginar su pulso acelerándose al primer vistazo, mucho antes de que pueda identificar a su hijo con certeza. Aprieta los ojos y, tal vez, pide a uno de sus esclavos de echar un vistazo. Cuando finalmente se atreve a creer que este es su hijo, su corazón se llena con compasión y sus ojos con lágrimas. Ya sin poder contenerse, hace a un lado toda dignidad y corre para abrazar a su hijo de quien ha temido que estuviera muerto. Es este momento, lleno de gracia, que hace esta una parábola tan amada.

Se consideraba indigno que un hombre corriera, pero al padre no le importa esa opinión popular. ¡Tiene un hijo a quien recibir! ¡Este es un momento de resurrección! Su acto tal vez también brota de un motivo secundario: dejar claro a su familia, siervos, esclavos y vecinos que este jóven es su hijo otra vez. El padre da el tono. La gente no puede rechazar al hijo sin también rechazar al padre.

El hijo debe verse miserable llegando por el camino: sudando, lleno de polvo, vestido en ropa sucia por el cochinero donde estuvo. ¡Y no hay manera de decir cuándo comió su último alimento!

“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (v. 21). Note que esto es solamente la primera parte del discurso que el hijo había practicado por el camino. Su padre lo detiene antes de que pueda pedir ser tratado como un trabajador contratado.

“Mas el padre dijo á sus siervos: Sacad el principal vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies. Y traed el becerro grueso, y matadlo, y comamos, y hagamos fiesta: Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado. Y comenzaron á regocijarse” (v. 22-24). El padre toma decisiones inmediatas para remediar la situación de su hijo. ¡Vistan a este jóven con ropa de hijo! ¡Vístanlo para una fiesta! ¡Denle algo de comer! Es mucho mejor de lo que el hijo esperaba y mucho mejor de lo que se merecía. Es un momento lleno de gracia, uno de esos momentos hermosos cuando todos ganan, el padre y el hijo. El hijo recibe algo mejor de lo que se merece, y el padre recibe, no un trabajador contratado, sino un hijo.

Las ropas, el anillo, y las sandalias hablan de dignidad en la misma manera en que un buen traje de seda lo hace hoy día. Estos detalles denotan pertenencia a la familia, significan que el padre está regresando a este jóven a la familia. Los siervos no usan trajes de seda – o túnicas, anillos o sandalias – sino que usan ropas que los señalan como siervos. La túnica, el anillo y las sandalias señalan a este jóven como un vástago de la familia: el hijo del padre. Algunos estudiosos piensan que el anillo es un anillo-sello, simbolizando así la autoridad del padre, pero esto es estirar demasiado las cosas. “El hijo es honrado, pero no se le hace el plenipotenciario de su padre” (Nolland).

La carne no es parte usual de la dieta diaria, sino que se reserva para ocasiones especiales. Cuando la carne se requiere, una familia generalmente matará una oveja, porque el animal pequeño representa una inversión pequeña y puede ser consumida más fácilmente dentro del círculo de la familia. Reservan el becerro gordo para grandes celebraciones, porque su tamaño más grande requiere a los vecinos, y tal vez toda la villa, para que lo consuman y le hagan justicia. Al matar al becerro gordo, el padre no solamente celebra el regreso de su hijo, sino que también involucra a toda la comunidad. Así les envía el mensaje de que ha restaurado a este hijo a su posición y por lo tanto también a la membresía de la comunidad.

LUCAS 15:25-30. Y SU HIJO MAYOR ESTABA EN EL CAMPO

25Y su hijo el mayor estaba en el campo; el cual como vino, y llegó cerca de casa, oyó la sinfonía y las danzas; 26Y llamando á uno de los criados, preguntóle qué era aquello.27Y él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha muerto el becerro grueso, por haberle recibido salvo. 28Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29Mas él respondiendo, dijo al padre: He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos: 30Mas cuando vino éste tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, has matado para él el becerro grueso.

 

El hijo mayor estaba en el campo haciendo lo que los hijos mayores hacen: trabajar como esclavo (véase v. 29) – sirviendo fielmente – sacando la familia a flote. Parece que, en medio de la emoción, el padre falló para mandar a alguien a decirle al hijo mayor que el hijo menor había regresado. Tal vez sabía que el hijo mayor arruinaría la celebración, y no podía aguantar llamarlo a casa temprano.

La primera pista de la fiesta para el hijo mayor fue el sonido de la música y la danza. Debe haber sido un sentimiento de soledad venir de la quieta soledad de los campos al caer la tarde, cansado y sucio, y escuchar la música y las danzas. También los hijos mayores pueden disfrutar la música y la danza, pero necesitan tiempo para prepararse: tiempo para planchar sus pantalones, sacar brillo a sus zapatos y peinarse, necesitan tiempo para entrar en el ambiente. Para este hijo mayor, esta fiesta era más una emboscada que una celebración. Y luego el criado le da el tiro de gracia. El indigno hijo ha regresado, y la fiesta es en su honor. ¡Ni preguntar por qué el hijo mayor está enojado!

“Entonces se enojó, y no quería entrar” (v. 28a). “La negación del hijo (mayor) para unirse a una fiesta en que el padre es el anfitrión deshonra al padre, igual que el hijo menor deshonró al padre al pedir su parte de la herencia prematuramente” (Tannehill, 243). No pasen por alto la ironía: “El hermano que estaba afuera ahora está adentro, mientras que el hermano que había estado adentro ahora está afuera. Una vez más se escuchan las palabras de Jesús: “Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos’” (Block, 260).

“Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase”(v. 28b). El padre está lleno de gracia por su desobediente hijo mayor de la misma manera en que lo estaba por su hijo menor. Él sale para reconciliar al hijo mayor de la misma manera en que salió para recibir al hijo menor. La diferencia es que el hijo menor estaba abierto al padre, pero la hija mayor ha endurecido su corazón.

Este es un momento tenso. El gozo del padre es hecho pedazos. Estaba celebrando tener a sus dos hijos bajo el mismo techo otra vez, pero ahora halla al hijo mayor afuera, sin querer entrar a la casa para participar de la celebración. El padre estaba celebrando el fin de la ruptura de su familia, pero ahora la encuentra rota en otro lugar.

“Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí…” (v. 29a). Una forma de dirigirse respetuosamente al padre comenzaría con la palabra “padre”, y no con “He aquí…” De esta manera el hijo mayor le ordena a su padre que escuche a la trilla que está por dar – y así toma el papel de un padre que reprende – asume una autoridad sobre su padre en lugar de acceder a la autoridad de su padre sobre él.

“He aquí, tantos años te sirvo…” (v. 29b). “Aquí descubrimos… que este hijo, también, se ha alienado de su padre, tal vez por un tiempo mucho mayor. Él ha “servido” a su padre por mucos años… Pero él… nunca se ha sentido recompensado” (Johnson, 242). Al igual que el hijo más jóven ha desdeñado su pertenencia a la familia queriendo convertirse en un trabajador, también el hijo mayor ha desdeñado su pertenencia al adoptar una actitud de esclavo.

“No habiendo traspasado jamás tu mandamiento…” (v. 29c), pero en ese momento simplemente se rehúsa a aceptar el ruego del padre para que se una a la celebración (v. 28b). El hijo menor demuestra su alejamiento abandonando el hogar. Ahora el hijo mayor también demuestra que ha estado alejado, a pesar de vivir bajo el mismo techo que su padre y (en su mente) haciendo la voluntad del padre. Ha intentado ganarse el amor del padre, pero nunca se ha permitido creer que su padre lo ama; y, posiblemente, nunca ha amado al padre. Los hijos mayores, al llevar los marcadores y encontrar las faltas, encuentran difícil amar (y pueden ser difícil de amar).

“Y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos” (v. 29d). El hijo mayor admite que puede haber encontrado gusto teniendo una fiesta con sus amigos, pero no puede encontrar gusto en tener un hermano que ha regresado de entre los muertos. ¡Y esa es una admisión condenatoria!

La queja del hijo mayor tiene mucho en común con la queja de los labradores en la viña: “Estos postreros sólo han trabajado una hora, y los has hecho iguales á nosotros, que hemos llevado la carga y el calor del día” (Mt. 20:12). Quienes hemos laborado largas horas bajo un fuerte sol podemos apreciar la dificultad involucrada al ver a un entusiasta, recién bañado y muy bien vestido, llevarse los honores.

“El hijo mayor tiene razón: por supuesto, que el penitente regrese a casa,… pero no a pan y agua, no a un becerro gordo; a andrajos y no una nueva túnica; a ceniza, no a joyas; a arrodillarse, no a danzar; a lágrimas, no a felicidad” (Craddock, Preaching, 159). El hijo mayor puede usar otro trabajador: alguien que le aligere la carga, alguien que cargue las órdenes. Lo que NO necesita es una hemorragia de dinero ¡para honrar al derrochador de dinero hermano menor! ¡Lo que NO necesita es un ayudante que usa seda en lugar de ropa de trabajo, un anillo en lugar de guantes de trabajo, sandalias en lugar de botas! Hay que dejar al hijo menor que venga a casa a enfrentar la música: a pagar su deuda a la sociedad, a corregir las cosas. Después, mucho después, habrá tiempo para considerar el perdón. Hay que dejar que el hijo menor sude primero. Hay que darle tiempo para que se pruebe a sí mismo, para que se redima.

LUCAS 15:31-32. TU HERMANO HABÍASE PERDIDO Y ES HALLADO

31El entonces le dijo: Hijo (griego = teknon, mi pequeño), tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32Mas era menester hacer fiesta y holgar nos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado.

 

“Hijo tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas” (v. 31). El hijo mayor no usó la palabra “padre” para dirigirse a su padre, pero su padre sí usa la palabra “hijo” para dirigirse a él. El padre pudo haber usado huios (hijo), pero en su lugar le dice teknon (mi pequeño), una palabra más tierna y aceptante.

El hijo mayor nunca reconoce al hijo menor como su hermano, sino que se refiere a él solamente como “éste tu hijo” (v. 30); pero el padre rehúsa dejar que eso interfiera, y se refiere a su hijo menor como “éste tu hermano” (v. 32).

El hijo mayor se rehúsa a entrar a la casa para unirse a la fiesta (v. 28), esta es una tremenda afrenta pública para el padre, porque debe asistir como anfitrión en una celebración. El padre, sin embargo, no lo reprende, en su lugar le ruega para que cambie su decisión (v. 28).

En este duro desaire por su hermano y su negación para entrar a la casa, el hermano mayor se coloca aparte, no solamente de su hermano menor, sino también de su padre. Sus acciones sugieren a la comunidad que se ha divorciado a sí mismo de la familia, un acto un poco tan impactante como el de su hermano menor.

“La pródiga generosidad mostrada al hijo que estaba perdido fuera del hogar ahora también se extiende al hijo que está perdido dentro del hogar” (Cousar, 227). El padre reafirma al hijo mayor que la presencia del hijo menor no afecta el afecto del padre por el hijo mayor ni la herencia del hijo mayor. Ambos están seguros, y siempre lo han estado. “El amor a los recolectores de impuestos y pecadores para nada niega el amor por los fariseos y escribas” (Craddock, Intepretation, 188). Fariseos y escribas necesitan escuchar que su herencia no se disminuye por el amor de Dios por los pecadores. También necesitan escuchar que no tienen derecho a poner fronteras que excluyan a otros de la presencia de Dios.

¿Pero qué puede decir el padre para reafirmar a un hijo que no será reafirmado? Donde el hijo menor era receptivo como una esponja, el hijo mayor era duro como la roca.

“Mas era menester hacer fiesta y holgar nos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido; habíase perdido, y es hallado” (v. 32). ¿Cómo puede alguien no celebrar la resurrección de alguien amado? El problema, por supuesto, es que el hijo mayor no ama al hermano menor, y hay alguna duda de que ame al padre, e incluso alguna duda de que se ame a sí mismo. Jesús no nos dice el resultado del ruego del padre, pero “el incómodo sentimiento permanece de que tal vez todavía hay un hijo perdido” (Ringe, 209).

Jesús relata su parábola en respuesta a las murmuraciones de los fariseos y los escribas. El hijo mayor, obviamente, es un fariseo o un escriba. Él trata de hacer todo bien, y no puede tolerar a cualquiera que haga menos. “Es como aquellos que están tan preocupados con guardar las fronteras de la gracia de Dios que no notan que con el mero acto de pintar líneas se excluyen a sí mismos” (Nickle, 163).

 

TEXTO CITADO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS procede de Spanish Reina Valera, situada enhttp://www.ccel.org/ccel/bible/esrv.html. Utilizamos esta versión de la Biblia porque consta de dominio público (no bajo protección de derechos de propiedad).

BIBLIOGRAFÍA:

Bailey, Kenneth E., Poet & Peasant and Through Peasant Eyes: A Literary-Cultural Approach to the Parables in Luke (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 1976)

Barclay, William, The Daily Study Bible, The Gospel of Luke (Edinburgh: Saint Andrew Press, 1953)

Bock, Darrell L., The IVP New Testament Commentary Series: Luke, Vol. 3 (Downers Grove, Illinois, Intervarsity Press, 1994)

Cousar, Charles B.; Gaventa, Beverly R.; McCann, J. Clinton; and Newsome, James D., Texts for Preaching: A Lectionary Commentary Based on the NRSV–Year C (Louisville: Westminster John Knox Press, 1994)

Craddock, Fred B., Interpretation: Luke (Louisville: John Knox Press,(1990)

Craddock, Fred B.; Hayes, John H.; Holliday, Carl R.; and Tucker, Gene M., Preaching Through the Christian Year, C (Valley Forge: Trinity Press, 1994)

Culpepper, R. Alan, The New Interpreter’s Bible, Volume IX. (Nashville: Abingdon , 1995)

Evans, Craig A., New International Biblical Commentary: Luke (Peabody, MA, Hendrickson Publishers, Inc., 1990)

Gilmour, S. MacLean & Buttrick, George A., The Interpreter’s Bible, Volume 8. (Nashville: Abingdon , 1952)

Green, Joel B., The New International Commentary on the New Testament: The Gospel of Luke (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1997)

Johnson, Luke Timothy, Sacra Pagina: The Gospel of Luke (Collegeville: Liturgical Press, 1991)

Nickle, Keith F., Preaching the Gospel of Luke (Louisville: Westminster John Knox, 2000)

Nolland, John, Word Biblical Commentary: Luke 9:21 — 18:34, Vol. 35B (Dallas: Word Books, 1993)

Ringe, Sharon H., Westminster Bible Companion, Luke (Louisville: Westminster John Knox Press)

Stein, Robert H., The New American Commentary: Luke (Nashville: Broadman Press, 1992)

Tannehill, Robert C., Abingdon New Testament Commentaries: Luke (Nashville: Abingdon, 1996)

Van Harn, Roger, in Van Harn, Roger (ed.), The Lectionary Commentary: Theological Exegesis for Sunday’s Text. The Third Readings: The Gospels (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 2001).

Copyright 2004, 2010, Richard Niell Donovan