Juan 17:1-112017-03-22T04:45:25+00:00

PASAJE BÍBLICO

Juan 17:1-11 (Español)

RECURSOS PARA PREDICAR
Por Richard Niell Donovan
Traducción por Ángeles Aller

EXÉGESIS:

JUAN 13-18. EL CONTEXTO

Estos capítulos describen la preparación de Jesús para la cruz. Empezó por lavarles los pies a los discípulos, demostrándoles el ministerio de servidumbre que él esperaba de ellos (13:1-20). Les dio su nuevo mandamiento de amor (13:31-35). Les prometió el regalo del Espíritu Santo (14:15-31). Capítulos 15-16 se componen de discursos (enseñanzas largas). Ahora, en capítulo 17, habiendo preparado a los discípulos, Jesús reza por ellos. Después de su oración, él y sus discípulos irán a un jardín en el Valle de Cedrón, donde Jesús será arrestado (18:1-11). Esta oración, entonces, sirve de transición entre los discursos del Cuarto de Arriba y la pasión de Jesús.

JUAN 17:1-26. LA ORACIÓN DE ALTO SACERDOCIO DE JESÚS

Esta oración concluye la cena de despedida. A menudo se refiere a ella como la Oración de Alto Sacerdocio por dos razones: primero, Jesús se está preparando para ofrecerse por los pecados del mundo. Segundo, él intercede por sus discípulos (vv. 6-26) de la misma manera que el alto sacerdote intercedía por el pueblo de Israel (véase Rom. 8:34).

A menudo esta oración se asocia con el discurso de despedida de Moisés (Deut. 31:30ff), que concluyó con la bendición final de Moisés sobre Israel (Deut. 33). El tono de ese discurso era positivo, como la oración de Jesús. Moisés estaba preparándose para morir, pero dijo, “Bienaventurado tú, oh Israel, quién como tú, Pueblo salvo por Jehová” (Deut. 33:29). Jesús se está preparando para morir, pero él reza, “Padre, la hora es llegada; glorifica á tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique á ti” (17:1).

Esta oración Johannina es bastante diferente a la oración Getsemaní de Jesús en los Evangelios Sinópticos (Mateo 26:36-46; Marcos 14:32-42; Lucas 22:39-46). Allí, Jesús suda gotas de sangre y reza, “Padre, si estás dispuesto, quítame este deber.” En el Evangelio de Juan, existe un toque de ansiedad en la oración previa de Jesús, “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? Padre, sálvame de esta hora. Mas por esto he venido en esta hora” (12:27), pero no hay ansiedad por su destino personal en capítulo 17. “Lejos de sentirse sacudido y destruido por la ruina de todas sus esperanzas, como uno hubiera esperado que se sintiera, Cristo bendice a Dios con pleno corazón por haberle hecho posible llevar a cabo el trabajo con que él ha sido encargado” (Gossip, 744).

Pero aunque la oración de Jesús sea positiva, también oímos un tono preocupado y urgente. Al fin y al cabo, él está a punto de partir, dejando a sus discípulos en un mundo difícil con una misión crítica. Primero, reza que Dios les proteja. Después reza por su unión, una parte crítica de su misión. ¿Cómo pueden esperar convertir el mundo del cosmos a Cristo si no están unidos en su propósito – si no se aman uno al otro? Esto es un tema para hoy también. El mundo continúa lleno de maldad. Cristianos deben unirse y, juntos, oponerse a esa maldad. No podemos permitirnos el lujo de desperdiciar nuestra energía luchando uno con el otro pero, a menudo, eso es exactamente lo que hacemos.

“Aunque la oración se encuentra dentro del ministerio del Jesús histórico, también refleja la imagen de Cristo glorificado mirando pastoralmente sobre su iglesia en el mundo… La oración parece, entonces, estar colgada entre el cielo y la tierra, entre el Cristo histórico y el Cristo glorificado” (Craddock, 291).

Versículos 1-11 tienen que ver con la relación entretejida entre Jesús, Dios, y los discípulos. Mientras que Jesús ha prometido el Espíritu Santo en varias ocasiones (7:39; 14:16-26; 15:26; 16:13), en esta oración no se menciona el Espíritu.

JUAN 17:1-5. GLORIFICA A TU HIJO PARA QUE TU HIJO TE GLORIFIQUE A TI

1Estas cosas habló Jesús, y levantados los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora es llegada; glorifica á tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique á ti; 2Como le has dado la potestad de toda carne, para que dé vida eterna á todos los que le diste. 3Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y á Jesucristo, al cual has enviado. 4Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese. 5Ahora pues, Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese.

Este párrafo está marcado por peticiones de gloria. En v. 1, Jesús reza, “Padre,…glorifica á tu Hijo para que también tu Hijo te glorifique á ti.” En v. 5, él reza, “Ahora pues, Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese.” La oración de Jesús será contestada en la cruz. “Porque la vida de Jesús era una vida con un clímax, y ese clímax fue la Cruz” (Barclay, 239).

“Estas cosas habló Jesús” (v. 1). La mayoría de capítulos 13-16 están dedicados a un largo discurso (enseñanza) en el que Jesús les habló a sus discípulos sobre:

• Su traición venidera (13:21-30);

• El nuevo mandamiento (13:31-35);

• La traición venidera de Pedro (13:36-38);

• Su discurso “No se turbe vuestro corazón” (14:1-14);

• La promesa del Espíritu Santo (14:15-31);
• Jesús como la vid verdadera (15:1-17);

• El odio del mundo (15:18-27).

La frase “estas cosas” (v. 1) acoge toda la enseñanza dirigida a los discípulos. Ahora Jesús pone sus ojos y su voz en el Padre. Se supone que los discípulos oyen la oración, pero Jesús ya no está dirigiéndose a ellos. “Jesús pasa de celebrar la comunión con sus discípulos, a celebrar la comunión con su Padre, intercediendo por ellos” (Bruce, 328).

“Levantados los ojos al cielo” (v. 1) – la postura aceptada para la oración.

“Padre, la hora es llegada” (v. 1). Jesús empieza dirigiéndose a Dios como “Padre.” En los sinópticos, Jesús enseña a discípulos a rezar, “Padre Nuestro,” (Mateo 6:9), pero no en este Evangelio. En este Evangelio, Jesús habla de “mi Padre” o “el Padre” – estableciendo su relación única con el Padre. Cuando habla de “su padre” (el padre de ellos), está hablándoles a sus oponentes, diciéndoles que su padre es el demonio (8:41, 44).

La frase, “la hora,” se refiere a la muerte y la resurrección de Jesús. Antes, había referencias a que la hora de Jesús todavía no había llegado (2:4; 7:6, 8, 30; 8:20). Más recientemente, había referencias a que su hora ya había llegado (12:23; 13:1). Toda su vida Jesús ha estado acercándose a la cruz. Éste fue su propósito por venir a la tierra. Inmediatamente siguiendo su oración, será arrestado y puesto en su camino directo a la cruz (18:1 ff.).

“Glorifica á tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique á ti” (v. 1). En el Prólogo, el Evangelista dijo, “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (1:14). La gloria del Hijo, en este Evangelio, culmina con la crucifixión, resurrección, y ascensión. Jesús debe ser resucitado para poder acercar a toda la gente hacia él (12:32). En este Evangelio, en el momento de su muerte Jesús declara, “Se ha terminado.” Es su obra – su glorificación – que terminará en ese momento. Habrá cumplido con lo que vino a hacer. La resurrección y ascensión todavía están por venir, pero la cruz es lo que acercará a la gente a Jesús.

“Como le has dado la potestad de toda carne” (v. 2). En el Prólogo, oímos, “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (1:1). Parece natural, entonces, que La Palabra (el Hijo) tuviera la autoridad de Dios, y eso es verdad. Sin embargo, solo es verdad porque el Padre le ha dado al Hijo esa autoridad. El Padre “le dio poder de hacer juicio, en cuanto es el Hijo del hombre… cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; Y los que hicieron bien, saldrán” (5:27-29). Jesús dijo, “No puedo yo de mí mismo hacer nada: como oigo, juzgo: y mi juicio es justo; porque no busco mi voluntad, mas la voluntad del que me envió, del Padre” (5:30).

“Que dé vida eterna á todos los que le diste” (v. 2). El propósito de la autoridad del Hijo es dar vida eterna a aquéllos que el Padre le ha dado a él. No reina desde un trono terrenal, sino que reina desde una cruz.

Antes, Jesús habló del Espíritu como lo que da vida – “Es el espíritu el que da vida” (6:63 – cf. 7:37-39). En esta oración Jesús es el que da vida “á todos los que le diste.”

A lo largo de este Evangelio, hay una tensión entre el amor de Dios para el mundo y su condenación de aquéllos que rehúsan creer en el Hijo. Por un lado, “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito” (3:16), pero, “el que en él cree, no es condenado; mas el que no cree, ya es condenado, porque no creyó en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (3:18). Con las palabras de Jesús, “los que le diste” surge el tema de divina elección, un tema que aparece varias veces en este Evangelio (6:37, 39, 44; 15:16, 19; 17:6, 9) y a menudo aparece también a lo largo del Nuevo Testamento.

“Dar vida eterna” (v. 2). La vida que Jesús da es “no solo el poder de respirar, comer, y moverse, sino que la vida de la edad que está por venir… – un cambio en el tiempo indefinido, un movimiento en el reloj del mundo, el amanecer de un nuevo día, para que la vida eterna pueda ser experimentada ahora” (Brueggemann, 326).

“Esta empero es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y á Jesucristo, al cual has enviado” (v. 3). Éste es uno de los grandes versículos del Nuevo Testamento, que nos dirige hacia un nuevo entendimiento de la palabra ‘eterna.’ El diccionario define la palabra eterna como “sin comienzo ni final; existiendo a través del tiempo, para siempre,” por eso, pensamos de la vida eterna como una vida sin fin. Jesús, sin embargo, define vida eterna como el conocer a Dios y a Jesucristo. Esto comienza durante nuestra vida terrenal y continúa hacia la eternidad. Por lo tanto, es una vida sin final, pero su característica esencial tiene más que ver con su calidad (relación con Dios) que con su cantidad (sin final).

“Para Juan, por supuesto, el conocer a Dios no es una cuestión puramente intelectual, sino que se trata de una vida de obediencia a los mandamientos de Dios y de comunión amorosa con nuestros compañeros cristianos (1 Juan i 3, iv 8, v. 3)” (Brown, 752). “Significa el entrar en el koinonia (compañerismo) del Padre y el Hijo, el corazón de la vida en soberanía de salvación (cf. Rev. 21:3; 22:3-5)” (Beasley-Murray, 297). De nuevo, el énfasis está en la relación en vez de la duración.

Debemos examinar el verbo “conocer” (v. 3). En el Antiguo Testamento, se usa para referirse a la intimidad sexual – “Y conoció Adán á su mujer Eva, la cual concibió” (Gen 4:1). Sin embargo, la intimidad física como Dios pretende tiene sus raíces en la intimidad espiritual, y es a la intimidad espiritual a la que Jesús se refiere en v. 3.

El Gnosticismo era un problema en la temprana iglesia, una de sus principales tendencias siendo el acceso privilegiado a la sabiduría. Algunas personas concluyen que v. 3 es Gnóstico por su énfasis en conocer a Dios y a Jesucristo. Hay tres razones por las cuales eso no puede ser verdad. Primero, el Gnosticismo era dualístico, pedía una retirada de este mundo. Esto es muy diferente del trabajo de discípulos que Jesús describe en esta oración (véase v. 11, 15). Segundo, la sabiduría cristiana de Dios tiene raíces en la historia, la Encarnación y la cruz – mientras que el Gnosticismo estaba separado de la historia. Tercero, Cristo ofrece a discípulos vida eterna que comienza aquí y ahora, en un mundo que Gnósticos consideraban con desdeño (Brown, 752).

“Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese” (v. 4). Jesús glorificó a Dios por su obediencia – honorando al Padre públicamente – por su trabajo en el nombre del Padre. El Hijo ha hecho todo lo que puede hasta este momento. Pronto, seguirá el cumplimiento de su obra final con la cruz (véase 19:30), resurrección, y ascensión.

“Ahora pues, Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese” (v. 5). Hay aquí una unión con Phil. 2:6-11, que habla del Cristo Jesús “se anonadó á sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante á los hombres.” “Pero hay una diferencia. En Juan, lo que resalta no es ‘anonadarse,’ sino la encarnación – el convertirse en ‘carne (viviendo) entre nosotros’” (Malcolm, 576).

Jesús, obviamente, espera ser restaurado a la gloria que disfrutaba con el Padre antes de su Encarnación. “Esto no significa que Jesús está pidiendo lo que se podría llamar una ‘des-encarnación’… Cuando la Palabra se hizo carne (1:14), esta nueva condición no fue diseñada para ser temporal. Cuando Jesús es glorificado, no deja su cuerpo atrás en una tumba, sino que se levanta con un cuerpo transformado y glorificado” (Carson, 557).

JUAN 17:6-8. A LOS HOMBRES QUE DEL MUNDO ME DISTE

6He manifestado tu nombre á los hombres que del mundo me diste: tuyos eran, y me los diste, y guardaron tu palabra. 7Ahora han conocido que todas las cosas que me diste, son de ti; 8Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

“He manifestado tu nombre á los hombres que del mundo me diste” (v. 6) Jesús ahora se enfoca en sus discípulos. El Padre los confió al cuidado de Jesús, y Jesús les hizo conocer el nombre del Padre a ellos. Los discípulos de quienes Jesús habla no son, de ninguna manera, seres espectaculares. Jesús fácilmente podría protestar de su mediocridad. Pero, en vez, habla de ellos con respeto – como si fueran un tesoro que el Padre ha puesto en sus manos. Como los eventos demostrarán, una vez que estén llenos del Espíritu, se convertirán en bien merecidos testigos – defensores poderosos del reino.

Jesús les ha hecho conocer a ellos el nombre del Padre. “En esa cultura, el nombre de una persona significaba todo lo que fuera posible conocer con respeto al carácter y la naturaleza de la persona” (Barclay, 245). Vemos mucho de lo mismo hoy. El nombre bueno (o malo) de una persona revela quien es hasta el fondo de su ser. Para Jesús, el hacer conocer el nombre del Padre es hacer conocer al Padre mismo. Jesús revela al Padre por medio de sus enseñanzas, pero también revela al Padre en su propia persona. “Si me conocieseis, también á mi Padre conocierais” (14:7). “El que me ha visto, ha visto al Padre” (14:9).

El pueblo judío veneraba el nombre de Dios hasta tal punto que vacilaban decirlo para evitar encontrarse en una situación en la que pudiesen tomar su nombre en vano. En hebreo, el nombre de Dios consistía de cuatro letras, YHWH, una forma del verbo “ser,” seguramente pronunciado Yahvé. YHWH es el nombre por el que Dios se reveló a Moisés – “Yo soy quien yo soy” (Éxodo 3:14). En vez de pronunciar el nombre sagrado de Dios, la gente usaba la frase “mi Señor” (Adonai). La combinación de YHWH y las vocales de Adonai pronunciaban la palabra Jehová, palabra que gente a menudo usaba en vez de YHWH (Lockyer, 427-428).

El hacer conocer el nombre de Dios es, por lo tanto, desenvolver algo demasiado precioso para tocar. Jesús hace esto mediante sus declaraciones de “Yo soy” en este Evangelio – recordando que YHWH significa “Yo soy.” “Yo soy el pan de vida” (6:35). “Yo soy la luz del mundo” (8:12). “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (8:58). “Yo soy el buen pastor” (10:11). Cada una de estas declaraciones revela algo del Hijo, pero también revelan algo del Padre.

“Ahora han conocido que todas las cosas que me diste, son de ti; 8Porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron, y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste” (vv. 7-8). El Hijo ha recibido todas las cosas del Padre, incluyendo a estos discípulos. Ellos han aceptado el hecho que todo lo que el Hijo posee ha venido del Padre. Jesús les ha dado a los discípulos las palabras que él ha recibido del Padre, y los discípulos han recibido esas palabras y “han creído que tú me enviaste” (v. 8). Eso les separa de los altos sacerdotes y fariseos, que rechazaron las palabras de Jesús. Mientras que los discípulos tienen fallos serios, se han cometido a si mismos de todos modos, no solo a las palabras que Jesús les dio, pero también a Jesús mismo. Se mantuvieron con él a pesar de que el peligro aumentaba (11:16; 13:37), aunque quebrarán cuando fue arrestado y crucificado. Después de ver al Cristo resucitado, se convertirán en los pilares de fe que Jesús intenta que sean.

Hay una lección aquí para nosotros. Pensarías que el Padre le daría al Hijo lo mejor de todo. Imaginarías que sería criado en un palacio y que sus discípulos serían culturados y competentes. Nada se aleja más de la verdad. Los regalos que el Padre le dio al Hijo (empezando por su nacimiento en un establo) fueron marginales, si los medimos como el mundo mide las cosas. Sin embargo, el Padre que le dio los regalos también los bendijo y los hizo merecidos.

Hay una lección aquí. A menudo nos sentimos engañados por las circunstancias en las que nos encontramos. Si mantenemos nuestras mentes y corazones abiertos a Dios, encontraremos que él transforma nuestras circunstancias ordinarias en bendiciones. Pablo dice, “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo” (1 Thess. 5:16-18). Aunque nos encontremos en circunstancias difíciles, podemos hacer esto porque sabemos el poder que tiene Dios para transformar nuestros Viernes Santos en Pascuas.

JUAN 17:9-11. RUEGO POR ELLOS

9Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo (griego: kosmou – de cosmos), sino por los que me diste; porque tuyos son: 10Y todas mis cosas son tus cosas, y tus cosas son mis cosas: y he sido glorificado en ellas. 11Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo á ti vengo. Padre santo, á los que me has dado, guárdalos por tu nombre, para que sean una cosa, como también nosotros.

“Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo (griego: kosmou – de cosmos)” (v. 9). Nos preocupa que Jesús no incluya al mundo es sus oraciones. Al fin y al cabo “de tal manera amó Dios al mundo” (3:16). Debemos recordar, sin embargo, que el mundo (cosmos) no es sinónimo con humanidad, sino que “se representa por la esfera de enemistad a Dios… Ya que el mundo no conoce a Dios (15:21, 24; 16:3), la oración de Jesús por el mundo como el mundo se excluye por definición. Como Barrett apropiadamente ha articulado, “Rezar por el cosmos es casi absurdo, ya que la única esperanza para el cosmos es, precisamente, que cese de ser el cosmos” (O’Day, 792). “La salvación del mundo depende del testimonio de aquéllos que el Padre le ha dado ‘del mundo’ (véase versículos 21, 23), y son ellos los que necesitan su intercesión en este momento” (Bruce, 331).

“Y todas mis cosas son tus cosas, y tus cosas son mis cosas: y he sido glorificado en ellas” (v. 10). “Lo que nos sorprende más de la oración de nuestro Padre no es la conmovedora lealtad que tiene para sus amigos,…sino que el orgullo inconfundible que siente por ellos” (Gossip, 746). Imagina al Señor de Señores diciéndole a este grupo, “He sido glorificado en ellos.” Eso es precisamente lo que dice. Cuando el evangelista escribe este Evangelio los discípulos, de hecho, habrán glorificado a Jesús con su servicio leal.

“Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo á ti vengo” (v. 11). “La salida de Jesús del mundo está tan cerca que se puede referir a ella en el tiempo presente. Su obra en el mundo ha terminado. Él ya no está en él. Pero los discípulos sí están en él. Igual que es su deber dejar el mundo, también es el deber de los discípulos quedarse en el mundo” (Morris, 643).

“Padre santo, á los que me has dado, guárdalos por tu nombre, para que sean una cosa, como también nosotros” (v. 11). Aquí, escuchamos un tono casi de rogación. Jesús reza por su protección, como un padre rezaría por la protección de un hijo o hija que se dirige al campo de batalla. Es lamentable saber que seres amados están en peligro – y es mucho peor tener que despedirse de ellos sin poder ayudar.

Jesús se dirige a Dios como “Santo Padre.” La santidad de Dios es “una característica divina que estamos perdiendo de vista. Hablamos mucho del amor de Dios. Pero estos días…ya no estamos cegados por el deslumbrante blancor de la santidad de Dios” (Gossip, 743). Tampoco hemos enfatizado adecuadamente la santidad personal como un elemento importante de ser discípulo. Es un énfasis que haríamos bien en revivir.

Jesús no reza para que Dios les haga prósperos a los discípulos. En vez, reza para que Dios les haga uno, “como también nosotros.” Jesús continuará rezando por unidad en vv. 21-23, donde reza, “para que sean consumadamente una cosa; que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también á mí me has amado.” Nuestra unidad forma una parte esencial de nuestro testimonio. Ésta es una oración que, en muchos respetos, todavía no ha sido contestada. La iglesia se ha fragmentado en muchas denominaciones, y las denominaciones se han fragmentado en facciones. Cristianos gastan demasiada energía peleando unos con otros.

Pero, en algunos respetos, la oración de Jesús sí ha sido contestada. Hay cristianos que trabajan juntos de muchas maneras. Varias organizaciones cristianas son apoyadas por muchas denominaciones. Hay iglesias que trabajan juntas para cumplir proyectos como el Servicio de Domingo de Pascua o el cuidado y la alimentación de personas sin hogar. Existen varios esfuerzos que intentan reunir a las varias denominaciones, sea por medio de uniones formales o a través de un reconocimiento mutuo del clero u otras iniciativas compartidas. No es suficiente, pero es un comienzo.

TEXTO CITADO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS procede de Spanish Reina Valera, situada en http://www.ccel.org/ccel/bible/esrv.html. Utilizamos esta versión de la Biblia porque consta de dominio público (no bajo protección de derechos de propiedad).

BIBLIOGRAFÍA:

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