Apocalipsis 21:10, 21:22 – 22:52017-03-22T04:45:22+00:00

PASAJE BÍBLICO

Apocalipsis 21:10, 21:22 – 22:5

RECURSOS PARA PREDICAR
Por Richard Niell Donovan
Traducción por Ángeles Aller

EXÉGESIS:

EL CONTEXTO:

Capítulos 17-20 nos presentan la visión del triunfo de Dios sobre el mal. Un ángel le dice a Juan (el que tiene esta visión y autor de este libro):

“Ven acá, y te mostraré la condenación
de la grande ramera, la cual está sentada sobre muchas aguas:
Con la cual han fornicado los reyes de la tierra,
y los que moran en la tierra
se han embriagado con el vino de su fornicación” (17:1b-2).

Juan vio diez reyes que se levantaron contra el Cordero, pero que fueron derrotados severamente (17:14).

Otro ángel le mostró a Juan la destrucción de Babilonia (capítulo 18) – y la consiguiente celebración en el cielo por el final de aquel imperio malvado (19:1-10).

Entonces Juan vio un jinete cuyo nombre era “la Palabra de Dios.” Montaba un caballo blanco (19:13) y guiaba un ejército montado en caballos blancos “para herir con ella las gentes” (19:15). En la ropa y en el muslo llevaba escrito el nombre, “REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES” (19:16).

Entonces, Juan vio “un gran trono blanco y al que estaba sentado sobre él, de delante del cual huyó la tierra y el cielo; y no fué hallado el lugar de ellos. Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios” (20:11-12). Los libros se abrieron, incluyendo el libro de la vida, “y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (20:12). “Y el infierno y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no fué hallado escrito en el libro de la vida, fué lanzado en el lago de fuego” (20:14-15).

Capítulo 21 empieza con la visión de Juan de “un cielo nuevo, y una tierra nueva” (21:1a) – el primer cielo y la primera tierra ya habían pasado (21:1b). Vio “la santa ciudad, Jerusalén nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido” (21:2). Dios prometió que “limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más” (21:4) y “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (21:5). Los fieles recibirán “de la fuente del agua de vida” (21:6), pero los infieles irán al “lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (21:8).

En el versículo justo antes de nuestra lectura del leccionario, un ángel dijo, “Ven acá, yo te mostraré la esposa, mujer del Cordero” (21:9).

Nuestra lectura del leccionario se enfoca en el cielo nuevo y la tierra nueva – una imagen que ha traído mucha esperanza para cristianos. Con frecuencia se critica a los cristianos por prestar demasiada atención a la próxima vida, sin prestar suficiente atención a los problemas de nuestro mundo actual. Sin embargo, no hay por que creer que el enfoque en el cielo nuevo y la tierra nueva distraen de nuestros esfuerzos de redimir nuestro mundo actual. En su libro, Christian Behavior, C.S. Lewis dice:

“Si Usted estudia la historia de la humanidad,
encontrará que los cristianos que más hicieron por el mundo actual
eran… aquéllos que más pensaban en el próximo.
Es porque cristianos, en gran parte, han dejado de pensar en el otro mundo
que ahora son tan inefectivos en éste.
Enfóquese en el cielo y recibirá la tierra también.
Enfóquese en la tierra y no recibirá ninguno.”

Este comentario puede ser natural para un autor cristiano como C.S. Lewis – pero Gordon Allport, eminente psicólogo y miembro del profesorado de la Universidad de Harvard por mucho tiempo, expresó algo parecido en su libro, The Individual and His Religion:

“Podríamos demostrar que a lo largo de la historia
aquellos cristianos que han logrado el beneficio más práctico en este mundo
son los que han creído más fervorosamente en el próximo.”

VERSÍCULOS 21:10: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

10Y llevóme en Espíritu á un grande y alto monte, y me mostró la grande ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo de Dios.

“Y llevóme en Espíritu á un grande y alto monte” (v. 10a). En ambos el Antiguo y el Nuevo Testamento, montes son lugares donde la gente encuentra a Dios o donde recibe alguna revelación de Dios. Moisés encontró a Dios en el Monte de Sinaí y allí recibió las tabletas de la ley. Jesús subió un monte para predicarles a sus discípulos lo que hoy conocemos como el Sermón en el Monte.

“en Espíritu” (v. 10a). El ángel (véase v. 9) se lleva a Juan “en Espíritu.” La frase, “en Espíritu,” aparece a menudo en el Nuevo Testamento – escrita por varios autores (Hechos 19:21; Romanos 8:9; 1 Corintios 14:2; Efesios 4:23; 6:18; Filipenses 2:1; Colosenses 1:8; 1 Pedro 3:18; 4:6; Apocalipsis 1:10; 4:2; 17:3; 21:10).

Hay tres significados posibles para la frase “en Espíritu,” y no podemos estar seguros de cuál es el que Juan quería transmitir. La primera posibilidad es que el Espíritu Santo inspiró esta visión o acompañó a Juan en esta travesía. La segunda posibilidad es que Juan hizo la travesía “en espíritu,” en lugar de “en cuerpo.” La tercera posibilidad es una combinación de las dos.

“y me mostró la grande ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo de Dios” (10b). Lo que vemos aquí no se trata de los fieles pasando de este mundo al próximo, sino de la redención de este mundo. “Los justos…no ascienden al cielo nuevo; en vez, el cielo nuevo desciende a la tierra con el Nuevo Jerusalén” (Wright, 767).

VERSÍCULOS 21:11-21: NO APARECEN EN EL LECCIONARIO

11Teniendo la claridad de Dios: y su luz era semejante á una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, resplandeciente como cristal. 12Y tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres escritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel. 13Al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al mediodía tres puertas; al poniente tres puertas. 14Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. 15Y el que hablaba conmigo, tenía una medida de una caña de oro para medir la ciudad, y sus puertas, y su muro. 16Y la ciudad está situada y puesta en cuadro, y su largura es tanta como su anchura: y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios: la largura y la altura y la anchura de ella son iguales. 17Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es del ángel. 18Y el material de su muro era de jaspe: mas la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio. 19Y los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados de toda piedra preciosa. El primer fundamento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; 20El quinto, sardónica; el sexto, sardio; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista. 21Y las doce puertas eran doce perlas, en cada una, una; cada puerta era de una perla. Y la plaza de la ciudad era de oro puro como vidrio trasparente.

Es una lástima que el leccionario pasa de largo estos versículos que describen en detalle “la ciudad santa de Jerusalén” (v. 10):

• Por un lado, esta descripción es bastante vívida y cautiva fácilmente nuestra imaginación. Por eso, tiene elementos que se podrían usar en las homilías.

• Por otro lado, Juan presenta la ciudad santa como un lugar increíble y grandioso – algo que debemos celebrar.

• También, a menudo oímos frases derivadas de estos versículos – “calles de oro” y “puertas de perlas.” Por eso, ya estamos preparados para oír predicar de temas relacionados a estas imágenes.

La lista de joyas incrustadas en los cimientos del muro (vv. 19-20) parece venir de las joyas que adornan el peto del sacerdote (Éxodo 28:15-21; 39:10-14).

Fíjese en el número de veces que aparece el número doce en estos versículos. Hay doce tribus de Israel y doce apóstoles. El número doce también aparece frecuentemente en otros contextos (Éxodo 24:4; 28:11; Levítico 24:5; Números 13:1-16; 17:2; Josué 4:9; 1 Reyes 4:7; 18:31). Este número parece indicar una especie de integridad espiritual. Cuando murió Judas, los apóstoles pidieron el consejo de Dios para encontrar otro apóstol que reemplazara a Judas, y así restaurar el número doce. Como dice Dale Bruner en su comentario de Mateo, “el número once cojea.”

VERSÍCULOS 21:22-27: NO VI EN ELLA TEMPLO

22Y no vi en ella templo (griego: naos); porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. 23Y la ciudad no tenía necesidad de sol, ni de luna, para que resplandezcan en ella: porque la claridad de Dios la iluminó, y el Cordero era su lumbrera. 24Y las naciones (griego: ethne) que hubieren sido salvas andarán en la lumbre de ella: y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor á ella 25Y sus puertas nunca serán cerradas de día, porque allí no habrá noche. 26Y llevarán la gloria y la honra de las naciones á ella. 27No entrará en ella ninguna cosa sucia (koinos), ó que hace abominación y mentira; sino solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero.

“Y no vi en ella templo” (naos) (v. 22a). Hay dos palabras griegas para templo – hieron, que se refiere al templo y sus alrededores, y naos, que se refiere al santuario sagrado. La palabra que se usa aquí es naos.

Cuando deambulaban por el desierto, los Israelitas (según instrucciones de Dios) construyeron un lugar con carpas donde pudieran alabar a Dios, llamado el tabernáculo. El tabernáculo representaba la presencia de Yahvé entre ellos. Una vez asentados en la Tierra Prometida, Salomón construyó un templo en Jerusalén que tomó el lugar del tabernáculo.

Nabucodonosor destruyó el templo de Salomón en 587-586 a.C. Capturó y llevó a la mayoría de los israelitas a Babilonia. Cuando Ciro, el rey persa, permitió que los israelitas regresaran a su patria, volvieron a construir el templo en Jerusalén – obra que fue completada en 516 a.C. Este segundo templo era mucho más modesto que el Templo de Salomón, pero cumplía el mismo propósito – simbolizaba la presencia de Dios entre los israelitas, y proveía un lugar donde traer ofrendas y llevar a cabo sus sacrificios.

En el dieciochoavo año de su reinado (20-19 a.C.), Herodes empezó una reconstrucción ambiciosa del templo – agrandándolo y haciéndolo mucho más majestuoso. Esa reconstrucción llevó más de ochenta años, y por fin fue completada en el año 63 d.C. Los romanos destruyeron Jerusalén y el templo en 70 d.C. – apenas una década después de terminarse su construcción – y más de dos décadas antes de que Juan escribiera el libro de Apocalipsis.

La visión de Juan no era del antiguo Jerusalén, sino del nuevo Jerusalén – el Jerusalén ideal – el Jerusalén perfeccionado. Aun así, no vio ningún templo en esta ciudad celestial.

“porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero” (v. 22b). No hay templo en el nuevo Jerusalén, porque no hace falta. El “Señor Dios Todopoderoso…, y el Cordero” son el templo. En el nuevo Jerusalén, la gente no necesita un edificio designado para alabar a Dios, porque le alabará continuamente. Será el lugar donde “los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:23).

Pablo dijo que los cristianos son el templo de Dios (1 Corintios 3:16-17; 2 Corintios 6:16; véase también Efesios 2:19-22). Esto implica que cristianos deben salir “de en medio de ellos (los infieles, y)… no toquéis lo inmundo” (2 Corintios 6:17).

Y la ciudad no tenía necesidad de sol, ni de luna, para que resplandezcan en ella” (v. 23a). En nuestro mundo actual, el sol y la luna son partes esenciales de la vida. El sol provee luz que mantiene la vida. Sin la luz del sol no crecerían las plantas ni sobrevivirían los animales.

Dios ha cumplido con nuestra necesidad de la luz del sol en abundancia. El sol lleva brillando billones de años, y continuará brillando billones más. Es del tamaño perfecto – y de la temperatura perfecta – y está justo a la distancia perfecta para permitir la existencia de la vida que conocemos. Sin embargo, usa fusión nuclear para crear calor y luz – y algún día se acabarán esas fuentes de energía que le permiten hacer lo que hace. Cuando eso ocurra, la vida que conocemos ya no será posible.

Pero no debemos temer, porque la gloria de Dios alumbrará el nuevo Jerusalén – y la gloria de Dios no tiene límite – es eterna.

“porque la claridad de Dios la iluminó, y el Cordero era su lumbrera” (v. 23b). Cuando Juan habla del Cordero, se refiere a Cristo – el Mesías resucitado.

Estas imágenes tienen raíz en el libro de Isaías, donde el profeta dijo, “El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria” (Isaías 60:19; véase también Isaías 60:1-2).

El Prólogo del Evangelio de Juan dice: “la luz verdadera, que alumbra á todo hombre que viene á este mundo” (Juan 1:9). El contexto deja claro que el autor se refiere a Jesús. Más adelante, Jesús dijo, “Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida” (Juan 8:12).

“Y las naciones (ethne – naciones, paganos, o gentiles) que hubieren sido salvas andarán en la lumbre de ella: y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor á ella y sus puertas nunca serán cerradas de día” (24-25a). Juan apropió el lenguaje de Isaías 60:10-11 para usarlo en versículos 24-25a. El pasaje de Isaías es el siguiente:

“Y los hijos de los extranjeros edificarán tus muros,
y sus reyes te servirán;
porque en mi ira te herí,
mas en mi buena voluntad tendré de ti misericordia.
Tus puertas estarán de continuo abiertas,
no se cerrarán de día ni de noche,
para que sea traída á ti fortaleza de gentes,
y sus reyes conducidos.”

En su contexto original, los judíos exiliados a Babilonia habían regresado a su patria – a Jerusalén. Sin embargo, pronto descubrieron que Yahvé, que había facilitado su regreso, no lo había hecho fácil. Experimentaron oposición por parte de la gente local, y la reconstrucción de Jerusalén y del templo cesaron de manera abrupta (Esdras 4; Nehemías 4-5).

Igual que los primeros israelitas se quejaron y dudaron al encontrar obstáculos en el desierto, estos antiguos exiliados también pasaron por obstáculos similares que contribuyeron a una crisis de fe. Querían saber si Yahvé se mostraría fiel. ¿Mantendría sus promesas?

Isaías 60 promete que “andarán las gentes (hebreo: goyim – paganos o gentiles) á tu luz” (60:3) – y que “los hijos de los extranjeros edificarán tus muros, y sus reyes te servirán” (60:10) – y “que sea traída á ti fortaleza de gentes” (60:11) – y que naciones que nieguen servir a Judá “del todo serán asoladas” (60:12). Promete que “Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria” (60:19).

Cristianos del siglo primero también pasaron por obstáculos, como la persecución, que les hicieron dudar – necesitar consuelo. La visión de Juan se apropia – para cristianos – de algunas de las promesas entregadas por el profeta Isaías a los judíos siglos antes.

La idea en estos versículos es que el nuevo Jerusalén incluirá ethne – paganos o gentiles – que antes habían sido, en gran parte, excluidos del pueblo del pacto de Yahvé, los israelitas. Ya no serán excluidos, sino que caminarán por la luz de la gloria de Dios.

“Y sus puertas nunca serán cerradas de día porque allí no habrá noche” (v. 25). Aquí hay dos promesas unidas. La primera es que las puertas de la ciudad “nunca serán cerradas de día.” La segunda es que “allí no habrá noche.” Al ligar estas dos promesas encontramos que las puertas de Jerusalén jamás se necesitarán cerrar.

Muros y puertas están diseñados para proteger contra fuerzas enemigas. Sabemos mucho de muros y puertas. Más y más, gente prefiere vivir en comunidades cercadas, donde nadie puede entrar sin la aprobación de uno de sus residentes. En ciudades grandes, gente trata de proteger sus hogares y negocios con una variedad de rejas de hierro, cercas, y puertas. Cada vez instalamos sistemas de alarma más y más sofisticados para protegernos de intrusos. Usamos contraseñas para prevenir el robo. Necesitamos a la policía para mantener lejos a los criminales – y ejércitos para protegernos de amenazas extranjeras. Tenemos a cientos de miles de personas encarceladas para prohibirles acceso a gente inocente a la que podrían lastimar.

Pero en el nuevo Jerusalén, no hará falta nada de eso. Las puertas se mantendrán abiertas en todo momento. No se necesitarán alarmas – o prisiones – o cerrojos en las puertas – o policía – o fuerzas militares. ¡Imagíneselo! En un lugar donde rige la honestidad, no necesitaremos preocuparnos por la seguridad de nuestro dinero o nuestras tarjetas de crédito o cuentas bancarias. No necesitaremos contraseñas. Podremos desmantelar todos nuestros muros y puertas – hasta los electrónicos. El nuevo Jerusalén será absolutamente seguro.

“porque allí no habrá noche” (v. 25b). La noche puede ser algo que temer. Cuando es oscuro, es más probable tropezar y caerse. Criminales prefieren obrar mal bajo la oscuridad de la noche, por eso hay una amenaza muy real que asociamos con la noche. Gente a menudo se despierta en medio de la noche, preocupada por algún problema que no puede resolver hasta la mañana siguiente. La oscuridad del invierno suele contribuir a la depresión, particularmente en las latitudes de los extremos norte y sur.

Ambos en el Antiguo y el Nuevo Testamento, pero especialmente en el Nuevo Testamento, “la noche” y “la oscuridad” se utilizan de manera metafórica como símbolo de mal o peligro o juicio (Miqueas 3:5-6; Zacarías 14:7; Juan 9:4; 11:9-10; Romanos 13:12; Efesios 5:6-9; 1 Tesalonicenses 5:4-5). Nicodemo visitó a Jesús por la noche, supuestamente para no ser detectado por sus compañeros (Juan 3:1-10). Judas se fue por la noche para traicionar a Jesús (Juan 13:30).

Pero no habrá noche en el nuevo Jerusalén, “porque la claridad de Dios la iluminó, y el Cordero era su lumbrera” (v. 23).

“Y llevarán la gloria y la honra de las naciones á ella” (v. 26). Esto no significa que las naciones (griego: ethnon) añadan a la gloria y el honor del nuevo Jerusalén. Significa que las naciones traerán lo que tienen para ofrecérselo a Dios – que harán todo lo posible para honrar a Dios.

“No entrará en ella ninguna cosa sucia” (koinos) (v. 27a). La palabra koinos significa sucio, contaminado, o profano. La Biblia usa las palabras “limpio” y “sucio” para describir limpieza espiritual en lugar de física. Los israelitas quedaban sucios si comían animales prohibidos por la ley (Levítico 11) – al dar luz (Levítico 12:2ff) – al contraer lepra (Levítico 13) – o al tener contacto con ciertas secreciones corporales o con cadáveres (Levítico 11:39; 15:18). Pero el Torá también prescribe remedios para varios estados de suciedad, para que los que estén sucios puedan volver a estar limpios. El propósito de estas leyes era establecer a los israelitas como pueblo santo – separado de otras gentes – apartado como pueblo de Dios (Levítico 20:26).

“ó que hace abominación y mentira” (v. 27b). Antes, al describir “BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS FORNICACIONES Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA,” vimos que su taza estaba llena de “abominaciones y de la suciedad de su fornicación” (17:4). Al describir su caída, oímos que en sus “hechicerías todas las gentes han errado” (18:23). Es este tipo de suciedad y engaño que no existirá en el nuevo Jerusalén.

Este versículo sirve de advertencia. Aunque hemos sido salvados por la gracia de Dios, también se nos llama a ser gente santa – y existe un castigo eterno para personas que permanecen en vidas profanas – personas que disfrutan de la abominación o la falsedad.

sino solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero” (v. 27b). El libro de la vida se menciona en varias ocasiones en ambos el Antiguo y el Nuevo Testamento.

• Moisés pidió a Dios que perdonara a los israelitas por el becerro de oro. Por si Dios se negara, Moisés pidió, “ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éxodo 32:32). Esto implica que Dios documentaba en ese libro los nombres de los redimidos.

• El salmista pidió que los que le perseguían “Sean raídos del libro de los vivientes, y no sean escritos con los justos” (Salmo 69:28).

• El libro de Daniel muestra una escena de juicio en la que “el Juez se sentó y los libros se abrieron” (Daniel 7:10).

• El profeta Malaquías dice “fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen á Jehová, y para los que piensan en su nombre” (Malaquías 3:16).

• Pablo mencionó sus compañeros de obra, “cuyos nombres están en el libro de la vida” (Filipenses 4:3).

El libro de Apocalipsis menciona el libro de la vida en cinco pasajes (incluyendo el versículo actual):

• Jesús prometió a la iglesia en Sardis, “El que venciere, será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles” (3:5).

• Juan vio una bestia horrible que blasfemaba, y dijo, “Y todos los que moran en la tierra le adoraron, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del Cordero, el cual fue muerto desde el principio del mundo” (13:8).

• También, “y los moradores de la tierra, cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo, se maravillarán viendo la bestia que era y no es, aunque es” (17:8).

• La descripción más detallada del libro de la vida se encuentra en Apocalipsis 20. “Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos: y otro libro fue abierto, el cual es de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar dio los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno dieron los muertos que estaban en ellos; y fue hecho juicio de cada uno según sus obras. Y el infierno y la muerte fueron lanzados en el lago de fuego. Esta es la muerte segunda. Y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue lanzado en el lago de fuego” (20:12-15).

Está claro por estos versículos, entonces, que el libro de la vida es donde se documentan los nombres de los redimidos. Esta gente redimida – y solo ella – es la que disfrutará de la vida en el nuevo Jerusalén.

VERSÍCULOS 22:1-5: UN RÍO DE VIDA

1Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. 2En el medio de la plaza de ella, y de la una y de la otra parte del río, estaba el árbol de la vida, que lleva doce frutos, dando cada mes su fruto: y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones (griego: ethnon – de ethnos). 3Y no habrá más maldición; sino que el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán (griego: latreusousin – de latreuo). 4Y verán su cara; y su nombre estará en sus frentes. 5Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre de antorcha, ni de lumbre de sol: porque el Señor Dios los alumbrará: y reinarán para siempre jamás.

“Después me mostró (el ángel) un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En el medio de la plaza de ella” (v. 1-2a). Estos versículos nos recuerdan la conversación de Jesús con la mujer samaritana en el pozo. Cuando él le pidió agua para beber, ella quiso saber por qué él, un judío, le pedía agua a una mujer samaritana. Dijo, “Si conocieses el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua viva.” Ella preguntó de dónde él sacaría esta agua, y él dijo, “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá á tener sed; Mas el que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:7-14).

“que salte para vida eterna.” ¿Qué significa esto? Significa que el “agua viva” de Jesús es como el agua de un manantial artesiano que fluye fielmente a lo largo del verano y el invierno – en momentos buenos y malos. Saciará nuestra sed espiritual – una sed que llega hasta el centro de nuestro ser.

Los que tenemos la bendición de agua corriente, damos por hecho que siempre habrá agua – a no ser que nos estemos quejando de lo que cuesta regar el césped. Millones de personas en el mundo hoy viven una situación muy diferente, y era muy diferente para los residentes del mundo mediterráneo del siglo primero. Tenían que sacar agua de un pozo y llevarla a sus hogares – una tarea pesada. O lavaban su ropa en algún arroyo cercano. O la buscaban en los campos de pasto esperando que el arroyo que había estado allí la temporada anterior volviera a aparecer.

La frase “agua de vida” aparece cuatro veces en el libro de Apocalipsis (7:17; 21:6; 22:1; 22:17). En cada caso, “agua de vida” se asocia con satisfacer profundas necesidades espirituales.

En el versículo actual (22:1), el ángel le muestra a Juan “un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En el medio de la plaza de ella.” Si Usted ha visto alguna vez un arroyo que baja rápidamente por una montaña durante un día soleado, sabe lo que significa “resplandeciente como cristal.” Agua que fluye por una montaña salpicando por las rocas es algo muy bello.

Esta “agua de vida” tiene raíz en “el trono de Dios y del Cordero.” Expresa el amor y la providencia de Dios. Atraviesa el centro de la ciudad, haciéndola accesible a todos sus residentes.

“y de la una y de la otra parte del río, estaba el árbol de la vida, que lleva doce frutos, dando cada mes su fruto” (v. 2b). Este lenguaje viene del libro de Ezequiel, donde Ezequiel vio un río con árboles a sus dos orillas. Dijo, “Y junto al arroyo, en su ribera de una parte y de otra, crecerá todo árbol de comer: su hoja nunca caerá, ni faltará su fruto: á sus meses madurará, porque sus aguas salen del santuario: y su fruto será para comer, y su hoja para medicina” (Ezequiel 47:12).

“el árbol de la vida” (v. 2b). Este era el nombre del árbol del Jardín de Edén – fruto del cual podría haberles dado vida eterna a Adán y Eva (Génesis 3:22). Cuando Dios echó al hombre del jardín, puso allí un querubín – y una espada ardiente – “para guardar el camino del árbol de la vida” (Génesis 3:24).

Ahora volvemos a ver el árbol de la vida – sin necesidad de protección – dando fruta a la gente de la ciudad sagrada. Ya no serán truncadas las vidas de estas personas. En el nuevo Jerusalén no habrá más muerte.

La idea detrás de los doce tipos de fruta es que hay un tipo de cosecha para cada mes del año –una promesa de comida abundante – símbolo de la providencia de Dios.

“y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones” (ethnon – de ethnos) (v. 2c). De nuevo encontramos la palabra ethnos – palabra que a menudo se traduce como paganos o gentiles. Ya no habrá división entre judíos y gentiles. No serán los judíos el pueblo elegido y los gentiles el pueblo no elegido. Como dijo Pablo, “No hay Judío, ni Griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni hembra: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

“la sanidad de las naciones.” ¿Qué significa esta sanidad? El texto no lo explica. Quizá, en parte, es la eliminación de las barreras que mantenían a los gentiles fuera del reino. Quizá, en este versículo, la palabra “sanidad” es metáfora para el perdón.

“Y no habrá más maldición” (v. 3a). Cuando Adán y Eva comieron de la fruta prohibida, Dios maldijo la serpiente que les había tentado (Génesis 3:14) – y la tierra que el hombre debía sembrar (Génesis 3:17). El pecado también trajo la maldición de la muerte (Génesis 2:17). Pero en el nuevo Jerusalén, no habrá maldición – y el dolor que acompaña vivir bajo una maldición ya no existirá. No habrá muerte. El nuevo Jerusalén será el paraíso restaurado.

“sino que el trono de Dios y del Cordero estará en ella” (v. 3b). Ezequiel cerró su profecía diciendo, “Y el nombre de la ciudad desde aquel día será JEHOVA SHAMMA” Jehová está Ahí) (Ezequiel 48:35). El nuevo Jerusalén es esa misma profecía, plenamente cumplida. Dios estará allí – y el Cordero.

“y sus siervos le servirán” (latreusousin – de latreuo) (v. 3c). La palabra latreuo significa “servir,” y su variante, latris se puede usar para hablar de un siervo contratado. Nuestro servicio a Dios toma forma de alabanza, como por ejemplo, a través del ayuno y la oración (Lucas 2:37).

“Y verán su cara” (v. 4a). Ver la cara de una persona – mirar sus ojos – es algo muy personal. Nuestras caras expresan nuestros sentimientos. Proveen una pista de nuestro carácter.

Cuando Moisés pidió ver la gloria de Yahvé, Yahvé contestó, “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro… más: No podrás ver mi rostro: porque no me verá hombre, y vivirá” (Éxodo 33:19-20). La idea es que seres humanos no están equipados para ver la cara de Dios, igual que no están equipados para tocar un cable de alto voltaje. Tiene más fuerza de la que nuestros cuerpos mortales pueden soportar.

Sin embargo, Yahvé continuó, “He aquí lugar junto á mí, y tú estarás sobre la peña: Y será que, cuando pasare mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado: Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro” (Éxodo 33:21-23).

En el nuevo Jerusalén no habrá ninguna restricción. Podremos mirar la cara de Dios sin peligro.

“y su nombre estará en sus frentes” (v. 4b). El sumo sacerdote tenía que llevar en la frente un rosetón grabado con las palabras, “SANTIDAD A JEHOVA” (Éxodo 28:36-38). En Ezequiel 9:4, Dios mandó que las frentes de los fieles fueran marcadas para que fueran salvados de la matanza que pronto vendría sobre los infieles. De la misma manera, el libro de Apocalipsis nos habla de 144,000 siervos de Dios marcados con un sello en sus frentes (7:3). Este sello les protegería de la tortura infligida sobre los infieles (9:4). También se les permitiría estar en el Monte de Sion con el Cordero y cantar una nueva canción (14:1-3).

En cuanto a los infieles, el libro de Apocalipsis también nos habla de la marca de la bestia que “se pusiese una marca en su mano derecha, ó en sus frentes” (13:11-17).

Entonces la marca en la frente muestra alianza – sea a Dios o a la bestia. Los fieles serán marcados con el nombre de Yahvé en la frente.

“Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre de antorcha, ni de lumbre de sol: porque el Señor Dios los alumbrará” (v. 5a). Esto repite una promesa hecha en el último capítulo, “Y la ciudad no tenía necesidad de sol, ni de luna, para que resplandezcan en ella: porque la claridad de Dios la iluminó, y el Cordero era su lumbrera” (21:23). Véanse arriba las explicaciones de 21:23-25.

“y reinarán para siempre jamás” (v. 5b). Esta expresión puede sonar extraña en este contexto. Reinar implica ejercer autoridad. Obviamente, Dios y el Cordero reinarán en el nuevo Jerusalén. ¿Sobre quién reinaríamos nosotros?

No obstante, Jesús antes prometió, “Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (3:21). El apóstol Pablo también dijo, “Que si somos muertos con él, también viviremos con él: Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Timoteo 2:11b-12a).

La idea no es que reinaremos sobre otros, en vez, que en el nuevo Jerusalén compartiremos las bendiciones que existen en el reino de Dios y del Cordero.

TEXTO CITADO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS procede de Spanish Reina Valera, situada en http://www.ccel.org/ccel/bible/esrv.html. Utilizamos esta versión de la Biblia porque consta de dominio público (no bajo protección de derechos de propiedad).

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Copyright 2013, Richard Niell Donovan